El escritor argentino Mempo Giardinelli tiene una novela que se llama El Santo Oficio de la Memoria, que me resulta perfecto para no sólo titular este texto, también para hablar sobre la obra de la artista Carolina Convers.
Esta novela está construida como un abanico plegable. En cada pliegue, una voz cuenta su propia versión de la historia familiar. Todas las voces son femeninas, excepto la del más pequeño de los integrantes del clan matriarcal, que es un joven mudo. A medida que crece, este chico, por medio de sus agudas observaciones y sus demás sentidos (excepto el del habla), es a fin de cuentas el narrador oficial de la familia, porque a su vez, es el único integrante que ha tenido acceso al mundo de todas estas mujeres. Algo similar a ser el narrador omnipresente.
La capacidad de observación de este personaje, y su mudes, me figuro, podría asemejarse a la voz del artista plástico, sobre todo a la voz de las obras de Carolina Convers, A través de la mirada, de re observar el pasado familiar, se va construyendo una nueva historia, propia, individual, que como en la literatura como en el arte, apela a la memoria colectiva e individual de cada lector y cada espectador.
Los primeros trabajos de la artista, eran obras que se construían con planos semejantes a partes de recortes y patrones para la confeccion de vestidos, esta influencia parte de una memoria familiar ligada a su abuela materna. A partir de ese punto comienza una apropiación de elementos familiares, de recuerdos e historias alrededor de las mujeres de la familia.
En la busqueda de una voz femenina, el proceso de las imágenes de Carolina pasan desde el mundo clasico hasta las fotos de sus albumes familiares. Allí ya empieza a experimentar con la pintura, pequeñas manchas y pinceladas tímidas van inundando la imagen del arte clásico, imágenes de la memoria más inmediata en aquella época para la artista. Sin embargo, el arte, a pesar de ser parte de su vida, no constituye una intimidad, o una búsqueda interior que vaya más allá de lo aprendido.
Faltaba hablar con una voz propia, su propia voz que la encontró en el pasado, un pasado donde las voces femeninas se hicieron sentir con fuerza, que la influyeron al ser protagonistas de su núcleo familiar y que ahora buscaban salir a la luz. Ella sólo debía escucharlas con atención – como el chico mudo de El Santo Oficio de la memoria –, apropiarse de sus seres y voces para encontrar la suya propia dentro del camino del arte.
Pero la memoria no es una entidad nítida. La memoria es, al contrario, muy semejante a el resultado de sus obras. Maleables y flexibles como el acetato (como lo es una fotografía), material donde imprime las imágenes para posteriormente pintarlas; es fragmentada, está hecha de retazos – como los retazos que sobran de la confección de un vestido –, o como las sillas de playa que pinta donde el espectador puede ver que en cada una hace falta una parte de la silla, o dónde hace falta una parte del cuerpo, como en los cuadros donde las mujeres son protagonistas. Los colores no son reales, mejor dicho, no pertenecen al mundo que vemos cotidianamente, sino que hacen parte del mundo onírico: son brillantes, sólidos, existen para destacar un objeto o un momento, un punctum (como diría Roland Barthes. La memoria es repetitiva, plegable como los cuadros donde el cuerpo de una mujer se repite constantemente, figuras que dan la impresión de moverse aunque no lo hagan (un ejemplo de ello son Flores, frutas y calaveras o Rondas). Como los pliegues de un abanico, similar a la narración de Mempo Giardinelli, donde, en cada cresta inicia una nueva voz así esté hablando de un mismo acontecimiento, de una misma familia.
Desde la elección del color, en la distorsión, la fragmentación, la distribución de los objetos, de las personas, y la distribución de los mismos, la memoria personal de Carolina, va mezclándose con la memoria artística de ella, de su ser artista y de las múltiples influencias.
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